Artículo de opinión de Noelia Barreales, cooperante especializada en género que trabaja en la organización Manos Campesinas de Guatemala
Las mujeres alimentan el mundo y sin embargo a penas tienen control sobre sus propias vidas. Producen el 45 % de los alimentos en América Latina, el 65 % en Asia y el 80% en África. A pesar de ser el 51% de la población mundial, sólo tienen el 1% de la propiedad de la tierra cultivable y menos del 5% del crédito agrícola[1].
El involucramiento de las mujeres agricultoras en la toma de decisiones en la producción ha sido tradicionalmente muy bajo en América Latina. Las razones son variadas, comenzando por la división sexual del trabajo o el machismo pandémico que sufre el continente. Como consecuencia la situación de las mujeres agricultoras no ha mejorado en las dos últimas décadas. ONU reporta que más del 70% de las personas pobres son mujeres y que estamos asistiendo a la feminización de la pobreza[2].
Desde que en 1973 se lanzara el primer café de Comercio Justo (CJ), desde cooperativas guatemaltecas, ésta iniciativa inspirada en “comercio, no ayuda”, no ha parado de crecer y legitimarse como una alternativa económica y ética al mercado libre. El CJ ha sido aceptado por organismos internacionales y donantes como una solución a la pobreza basada en la certificación. Cada vez más recursos económicos y humanos se destinan a apoyar a organizaciones de pequeños/as productores/as de café.
FLO no tiene una política ni estrategia de género, ni estándares o prácticas de certificación específicas, ni estudios de impacto de Género. A pesar de ello consideran que “el empoderamiento de las mujeres” es una de las 10 áreas de impacto del CJ[4].
Las organizaciones de pequeños/as productores/as de café de CJ no tienen que cumplir con requisitos específicos para facilitar el empoderamiento o participación de las mujeres y como consecuencia los roles tradicionales de mujeres y hombres en las comunidades no están siendo cuestionados sino reforzados.
Como resultado de esta ceguera de género, FLO no está teniendo en cuenta la situación de desigualdad estructural de la que parten las mujeres productoras ni las necesidades e intereses de éstas.
En el Anuario de FLO 2006-07 su presidente decía” Para entender el impacto de larga duración del CJ, más allá de dinero extra, nada mejor que ver a los productores donde trabajan y viven”
Cabe preguntarse entonces si una persona sensibilizada con los derechos de las mujeres debería comprar café de CJ. Hay buenas razones para compralo, la equidad de género no es una de ellas.
Mientras el CJ no le haga justicia a las mujeres mis opciones son otras iniciativas de economía solidaria fuera del sistema de FLO[6]: Café de Mujer, Café Femenino y Mujeres en Café de Guatemala.
[1] Datos proporcionados por Naciones Unidas a través de diferentes fuentes: FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) www.fao.org/gender, “Los alimentos en manos de mujeres” Programa Mundial de Alimentos de la ONU, www.un.org/womenwatch y UNIFEM ,Fondo de la ONU para el Desarrollo de las Mujeres, www.unifem.org .